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Problemas gramaticales

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Las palabras "poco" y "mucho" tienen una real subjetividad.

Algo que vale "mucho" puede ser en realidad muy poco.

Algo que para ti es "Poco" para mí es muchísimo.

Fear

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Ella despierta entre la húmeda penumbra de lo que parecen ser sus sueños. Los pies descalzos en el barro, el pelo enmarañado lleno de hojas, los miembros le tiemblan, fríos y viscosos como la lengua de una rana , cercenados de su cabeza, parecen flotar en medio de la oscuridad. ¿Cómo va a saber en qué sitio está si se ha levantado pensando que es un mal sueño? Está tranquila, mira a su alrededor en esa completa oscuridad y emprende el paso resbalando y tropezando con torpeza, con el pijama azul lleno de manchas. Sabe que es un sueño y no se preocupa, aunque esos ajenos miembros hayan reemplazado los suyos y le dificulten el andar, una luz debe haber en esa espesura de árboles azulinos.

La sensación en sus piernas comienza a aparecer a medida que recorre y sus ojos se van volviendo más ciegos. ¿Qué es? Recorre sus caderas y hace que sus pequeños pies llenos de lodo corran enredándose en raíces y animales. La sensación sube hasta su pecho, enredándose en sus brazos, atándola a un árbol, del cual se vuelve esclava.

Las hojas caen sobre su cabeza, las raíces en sus pies se enredan y aunque la sensación ha alcanzado su garganta y la hace gritar, sabe que es un sueño y despertará.

¿Qué pasa cuando las cosas son reales y se desea con todo el corazón que no sea así? No podía dejar de pensar en eso mientras observaba a la joven ser tragada por el árbol desde el arbusto vecino.

Y encontrareis las flores del olvido

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Los mimos de M eran enredaderas frías que te ataban a su rostro de colegial enfermizo. Como veneno subiendo por las piernas, sus intensiones nefastas pasaban desapercibidas por medio de enfermizas manipulaciones, manipulaciones que consistían en llenarte de elogios y transformarte en la Reina de su vida, del Infinito y Más Allá.

Nunca me gustaron los halagos, las regalías que a claras luces pretendían atarme a su vida. Por muy triste que fueran sus muecas, mis rotundos “no” parecían vaticinar el fin de los días de la paz humana.

Pero como buena y tonta mujer nacida y criada por su madre, el defecto de la aceptación incondicional me llevó a terminar flaqueando ante frases mezquinas y bien elaboradas por un genio de la manipulación “Hago estas cosas porque quiero demostrarte cuanto te quiero”. Si él hubiera sabido que yo odiaba con mi entero ser su querer… probablemente sus muestras de afecto habrían sido más intensas y empalagosas.

Yo tiraba a la basura todo aquello que llegaba a mis manos. Vomitaba todo aquello que comía. Si el olor de su sudor impregnaba las cosas que llegaban a mis manos, por muy tenue que fuera, las arcadas acudían presurosas. Los recuerdos construidos a diario eran descartados por medio de sesiones de terapia a base de cabezazos contra la pared. Mientras menos recuerdo existiera de él, menos existiría para mí.

Los mimos de Z son dulces. Tienen un aroma embriagador que me obliga a reprimir las ganas de saltar sobre su cuello. El sabor que adoptan al posarse entre mis labios me derrite por completo. Pero son peligrosos. Porque me hacen débil nuevamente. Me obligan a sonreír intensamente sin reparos y a sucumbir a la política del sí absoluto. ¿Cómo alguien como yo, de una dureza adoptada por los años, duda ante el brillo de un par de ojos? Evitarlos no da fruto, el hecho de saber que flotan cerca perturba la mente.

Hay licores que por su dulzor engañan y te hacen terminar completamente ebrio. Un lado de mí dice que hay que entregarse a los placeres de Baco y dejarse empapar por ellos sin poner resistencia, pues así se disfrutan más. Mi otro lado rebate, argumentando que son los sobrios quienes gozan más al observar de manera externa.

¿Yo?

Yo ni sé qué pensar.

Mucho menos qué hacer.

El producto de la improvisación II

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Mi pequeña Corre.

Mi pequeña Salta.

Mi pequeña se Esconde.

Mi pequeña Huye.

Balanza

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Duele.

Aquellas cosas de las que nos enteramos, sea directa, como indirectamente, duelen.

De una forma u otra, más liviana, más suave, más fuerte, más grave.

Todo afecta de una manera determinada. Porque simplemente no somos inmunes a las cosas que pasen a nuestro alrededor.

Creer, no creer... creer, no creer... sopesa en la balanza las cosas, ve cuanto sufrimiento te causan las opciones y luego... elige.

Optaremos, más veces de las sanas, por aquellas cosas que nos causan menos sufrimiento. Las causas honestas son las que nos cansan, las que nos dañan, las que perduran pero a las que tememos de manera grave. Es más fácil mentir que decir una verdad que pueda causar tantos estragos. Es más fácil robar que trabajar arduamente por algo que se nos será rápidamente arrebatado.

La lógica es simple.

La lógica del menor esfuerzo, del peso de la pluma, del peso del aire que hace que la balanza se incline sin tener carga.

Anhelos persecutorios

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Sé que me observan.

Por eso, cierro puertas, ventanas, corro cortinas, cierro las puertas de los armarios que quedan abiertas. La puerta del baño, la puerta de la habitación, incluso la puerta del horno tiene que permanecer siempre cerrada.

Es difícil llevar una vida en donde los ojos de las demás personas te persiguen a donde quiera que vayas. No puedes ir al baño, ducharte. No puedes tener secretos.

No puedes hacer lo que hacen las personas de forma cotidiana.

¿Que cómo me di cuenta de que me observaban?

Fue fácil.

Cuando dejes de mirarme quizás te des cuenta.

El producto de la Improvisación I

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Sé que me acusas de que te hago delinquir haha... pero tú fuiste la causante de que inventara esta 'historia original, interesante, no trillada y sin final feliz'. Así que por medio de mi humilde hogar, comparto con quien vaya a leer esta historia que fue creada para ti y pasa a formar parte de tu biblioteca personal.






Existía, en alguna parte del mundo, un pueblo. Un pueblo, común y corriente... con casas de madera, un poco inclinadas por el peso y el paso del tiempo.
En las casas, vivían familias normales. Normales, porque todas estaban compuestas de seres humanos y algún que otro animal.

En esa parte del mundo... exactamente sobre el pueblo, de día brillaba el sol y de noche la luna. En ese pueblo, las estrellas -que podían verse- ayudaban al esplendor nocturno.

Las familias -con sus hijos, quienes tenían; con sus padres, quienes tenían; con la soledad, quienes no tenían a nadie más- vivían tranquilamente.
Eran un montón de seres sin rostro, que no se distinguían unos de otros... porque a simple vista, todos eran iguales.

Una gran masa compacta, la cual tenía los mismos ideales. Una masa compacta, que defendía con puños y dientes aquellas cosas en que creían. Si había una criatura todopoderosa en el cielo, ellos creían en ella, aunque no la hubieran visto. Las creencias sobre lo que existía luego de la vida, el modo en que había que comportarse con los demás, la forma de decir las palabras adecuadas, e incluso las palabras adecuadas...

La forma de vestir, la forma de comer.

La forma de mirar el mundo que les rodeaba.

Todo, todo lo compartían.

Sin embargo, en el corazón del pueblo, existía un personaje
un personaje sin nombre. Un personaje que, al no tener nombre, parecía no existir.

Las personas del pueblo no sabían su nombre, por eso preferían pensar que no existía ¿por qué?.

No era que se opusiera a sus ideas. No era que dijera 'negro' cuando los demás decían 'blanco'. No iba a la izquierda cuando todos iban a la derecha. 

No.

Pero este personaje sí tenía un rostro.

Le temían. Eso no se podía negar. Y este personaje no se mostraba en desacuerdo al temor de los demás. Ante las miradas extrañas, sólo giraba la cabeza. Incluso en ocasiones parecía no darse cuenta de que los seres sin rostro estaban a su alrededor.

Sus ojos atravesaban a las personas con las que se golpeaba en la calle.

Para el personaje no existían.

Eran invisibles.

Pero en como toda historia, las palabras 'cierto día' cambian algo.

Así mismo, 'cierto día' alguien se acercó al personaje.

Un ser sin rostro.

El ser sin rostro le preguntó al personaje por qué se aislaba de la gente. Por qué era tan distinto. Por qué sus costumbres diferían, por qué sus ideales no iban en la misma dirección. Por qué era alto. Por qué era bajo. Por qué parecía no existir a la vez que existía.

El personaje lo miró unos segundos. A pesar de sus esfuerzos, no podía encontrar ojos a los cuales devolver la mirada.

Entonces, simplemente, contestó "no lo sé".